Caminar, vivir, compartir...

Durante años muchos viajeros han llevado consigo libretas para apuntar sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades...Va aquí una de ellas para consignar los apuntes al vuelo en este viajar por la vida y la educación.

Al andar se va haciendo el camino y uno lo siente y lo piensa y lo quiere compartir...

Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir sus Notas en el camino.

martes, 7 de abril de 2015

¿Y qué pasa si de verdad nos la creemos? Apuntes de Pascua

José Rafael de Regil Vélez
Publicado en el periódico Pax, en la columna Apuntes en el camino, el 7 de abril de 2015


Crecí en una ambiente en el cual lo religioso tiende a ser algo externo a la persona: un conjunto de normas que alguien dice que hay que seguir; una serie de interminables discursos que alguien dice que contienen las verdades que se nos ordena que hay que creer y una serie de ritos de los que somos espectadores, aunque tengamos algunas intervenciones como repetir fórmulas que alguien dijo que debemos de recitar en el momento que nos ha sido señalado como oportuno.
                Este tipo de experiencia la religión se parece mucho a una pantalla de televisión: la enciendes, la ves, interactúas con ella solo decidiendo si pones el canal o no y por lo demás se es tan solo un espectador. Por eso se entiende lo que señalan encuestas de sociología religiosa, como la de la investigación que hace unas décadas hicieron Enrique Luengo y Carlos Muñoz sobre la religión y los jóvenes en México: que la vida diaria en el trabajo, con los amigos, con la familia, nada tiene que ver con el dogma al que se supone que uno está suscrito, ni con la moral dictada por jerarcas religiosos ni los rituales obligatorios en la confesionalidad a la que uno pertenece.
                Creo que el problema es que no hay experiencia personal que invierta la relación con la religión: cuando uno ha sabido profundamente en su vida del amor de Dios, de la misericordia, del perdón, la acogida, la compasión, el consuelo, entonces uno es quien se mueve para entender mejor explicaciones y preceptos; al tiempo que sucede que los ritos dejan de ser solo eso para convertirse en verdaderos símbolos –sacramentos o sacramentales- que reflejan la vida en el Espíritu en la que uno ha quedado metido por puro amor.
                Así se entiende que creer no sea algo externo, accesorio, casi decorativo, sino interior, fundamental, que marca la manera en que se está ante uno mismo, ante los demás, ante el mundo, la historia (todos los acontecimientos en los que tiene que ver la libertad humana), ante lo religioso. Acontece que uno se la cree, que uno cree y todo cambia.
                Ayer, domingo 5 de abril de 2015, millones de personas celebramos la Pascua. En su biografía de Facebook Enrique Rosano, un compañero de trabajo, escribió:
Qué pasaría si entendieramos el misterio de la resurrección, si creyeramos que la muerte no tiene la última palabra... de cuántos miedos nos despojariamos, miedos de los que posiblemente ni conscientes estamos. Llevamos más de 2000 años "celebrando" la Pascua pero no hemos dado ese paso al amor, a la vida”.
                Y puso la flecha en el blanco de la diana: ¿Qué pasaría si nos la creyéramos? ¿Qué sucedería si desde lo más profundo de nosotros mismos, desde nuestras entrañas, supiéramos que la entrega de Jesús para que Dios reine entre los hombres fue tan agradable a su Padre que lo arrebató de la muerte y a nosotros con él; y así legítimó toda apuesta fraterna por la verdad, el amor, la justicia, la compasión, la misericordia, la mentira, la solidaridad? ¿Qué pasaría si no dudáramos ante la injusticia, la exclusión, el egoísmo, la mentira, el asesinato, el individualismo, porque desde lo más profundo de nosotros existiera la certeza de que el camino de Jesús, que es el nuestro, vale tanto la pena que Dios hará que siempre triunfe lo que vivifica frente a lo que mata?
                Yo creo que no cambiarían aparatosamente las cosas que vemos a nuestro alrededor, que seguiría habiendo crimen, pobreza, escasez. Lo que sí sería diferente es que una y otra vez acometeríamos la tarea de hacer del nuestro un mundo más como Dios quiere, sabiendo que somos obreros del campo y que su dueño se encargará de que haya frutos, tan humildes como un grano de mostaza, pero tan grandes como la gloria de Dios que es el hombre vivo.

                Si de verdad creyéramos sería un gusto decirnos cada día: ¡Feliz Pascua! ¡Estoy alegre porque cuando Dios Reina es su amor el que, pese a todo, tiene la última palabra y eso sostiene nuestra fe, nuestro amor, nuestra esperanza, nuestro compromiso! ¡Aleluya!

LOS JÓVENES NO SON EL FUTURO

José Rafael de Regil Vélez
Publicado en mi columna Apuntes en el Camino, del periódico Pax, el 27 de marzo de 2015

Alguna vez fui joven. En ese entonces mis predecesores nos decían a mis coetáneos y a mí que le echáramos muchas ganas, que nos formáramos muy bien, porque los jóvenes éramos el futuro de nuestra familia, de nuestra comunidad religiosa, de nuestro país. Y me sonaba muy sensato: hacernos de las herramientas intelectuales, emocionales, volitivas para acometer los desafíos que nos presentara la vida a cada momento porvenir.
                    De aquel entonces a la fecha ha pasado mucho tiempo. Hasta hoy me he dedicado a educar en diversos frentes: formal, no formal, popular. Y he aprendido algo en ese itinerario y el mío propio como persona: los jóvenes no son el futuro, son el presente.
                     Según datos del INEGI en 2010 solo el 51.2% de los jóvenes de 16 a 19 años van a las escuela, lo que significa que el 48.8% ya no estudian. El 28.75% de todos ellos son económicamente activos. El Panorama de la educación 2013 que elaboró la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) señala que hace un par de años tan solo nuestro país tenía un 24.7 % de jóvenes que ni estudiaban, ni trabajaban; eran ninis, que el Instituto Mexicano de la Juventud (Imjuve) cifró en 6.2 millones en 2014.
                    Los jóvenes trabajadores ya son importantes en su familia, en la economía: colaboran en la manutención de su casa, generan recursos que mueven el mercado, asumen responsabilidades en su trabajo y muchos de ellos en sus localidades. Quienes estudian ya hoy producen (o no) conocimiento, interactúan (o no) con los problemas de sus comunidades a través de la acción social de sus bachilleratos y lo harán si llegan a la Universidad. Los que hacen nada son un costo considerable para sus familias y la sociedad en general y al ser totalmente desocupados constituyen un núcleo poblacional que puede llegar a ser problemático en lo que a conductas de riesgo se refiere.
Nada de eso va a suceder en el futuro. Acontece ya. Lo que la juventud hace o deja de hacer repercute en todos los demás grupos de edad.
                     Pensar que los jóvenes son el futuro conduce frecuentemente a pensar en ellos no en el hoy sino en el mañana, lo cual les quita muchas, muchas oportunidades de ser responsables de sí, de los demás, del mundo que les ha tocado. Desde otra perspectiva, considerarlos el presente de nuestra casa, nuestra comunidad y país nos lleva necesariamente a interactuar con ellos como personas capaces de hacerse cargo desde ya de diversas realidades: de la formación que deben tener tanto en casa como fuera de ella (escuela, centros de capacitación, incluso los lugares en los que trabajan); de responsabilidades para que la dinámica familiar sea más fluida, ordenada, higiénica; de acciones que contribuyan con el bienestar vecinal: deporte, arte, recreación, limpieza.
                     Si a un joven se le trata como niño, responderá como tal (también los adultos, digamos de paso); si se le trata como miembro capaz de responsabilidades personales, familiares, sociales, políticas y económicas, seguramente aportará desde hoy a que haya condiciones más humanas para sí y con quienes comparte su alrededor.
                     Contribuir a que los jóvenes dejen de ser el futuro es buena apuesta: sumémoslos a que sean el presente.