Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.

miércoles, 8 de mayo de 2019

¿Y qué pasa si de verdad nos la creemos? Apuntes de Pascua

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más al autor haz click aqui
Cuidado del texto: Socorro Romero Vargas

Crecí en una ambiente en el cual lo religioso tiende a ser algo externo a la persona: un conjunto de normas que alguien dice que hay que seguir; una serie de interminables discursos que alguien dice que contienen las verdades que se nos ordena que hay que creer y una serie de ritos de los que somos espectadores, aunque tengamos algunas intervenciones como repetir fórmulas que alguien dijo que debemos de recitar en el momento que nos ha sido señalado como oportuno.
                Este tipo de experiencia la religión se parece mucho a una pantalla de televisión: la enciendes, la ves, interactúas con ella solo decidiendo si pones el canal o no y por lo demás se es tan solo un espectador. Por eso se entiende lo que señalan encuestas de sociología religiosa, como la de la investigación que hace unas décadas hicieron Enrique Luengo y Carlos Muñoz sobre la religión y los jóvenes en México: que la vida diaria en el trabajo, con los amigos, con la familia, nada tiene que ver con el dogma al que se supone que uno está suscrito, ni con la moral dictada por jerarcas religiosos ni los rituales obligatorios en la confesionalidad a la que uno pertenece.
                Creo que el problema es que no hay experiencia personal que invierta la relación con la religión: cuando uno ha sabido profundamente en su vida del amor de Dios, de la misericordia, del perdón, la acogida, la compasión, el consuelo, entonces uno es quien se mueve para entender mejor explicaciones y preceptos; al tiempo que sucede que los ritos dejan de ser solo eso para convertirse en verdaderos símbolos –sacramentos o sacramentales- que reflejan la vida en el Espíritu en la que uno ha quedado metido por puro amor.
                Así se entiende que creer no sea algo externo, accesorio, casi decorativo, sino interior, fundamental, que marca la manera en que se está ante uno mismo, ante los demás, ante el mundo, la historia (todos los acontecimientos en los que tiene que ver la libertad humana), ante lo religioso. Acontece que uno se la cree, que uno cree y todo cambia.
                En su biografía de Facebook Enrique Rosano, un compañero de trabajo, escribió con ocasión de la Pascua 2015

Qué pasaría si entendiéramos el misterio de la resurrección, si creyéramos que la muerte no tiene la última palabra... de cuántos miedos nos despojaríamos, miedos de los que posiblemente ni conscientes estamos. Llevamos más de 2000 años "celebrando" la Pascua pero no hemos dado ese paso al amor, a la vida”.

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Imagen: web López - Dóriga
                Y puso la flecha en el blanco de la diana de 2000 años de experiencias que han valido tanto la pena para mujeres y hombres que han entregado de muchas maneras su vida para vivir conforme a los valores que dieron sentido a la vida de Jesús de Nazareth: ¿Qué pasaría si nos la creyéramos? ¿Qué sucedería si desde lo más profundo de nosotros mismos, desde nuestras entrañas, supiéramos que la entrega de Jesús para que Dios reine entre los hombres fue tan agradable a su Padre que lo arrebató de la muerte y a nosotros con él; y así legitimó toda apuesta fraterna por la verdad, el amor, la justicia, la compasión, la misericordia, la mentira, la solidaridad? ¿Qué pasaría si no dudáramos ante la injusticia, la exclusión, el egoísmo, la mentira, el asesinato, el individualismo, porque desde lo más profundo de nosotros existiera la certeza de que el camino de Jesús, que es el nuestro, vale tanto la pena que Dios hará que siempre triunfe lo que vivifica frente a lo que mata?
                Yo creo que si nos creyéramos que los valores de apuesta por la vida que comparte el Evangelio al hablar de la Pascua, de la Resurrección, las cosas que vemos a nuestro alrededor no cambiarían aparatosamente: que seguiría habiendo crimen, pobreza, escasez. 
                Lo que sí sería diferente es que una y otra vez acometeríamos la tarea de hacer del nuestro un mundo más como Dios quiere, sabiendo que somos obreros del campo y que su dueño se encargará de que haya frutos, tan humildes como un grano de mostaza, pero tan grandes como la gloria de Dios que es el hombre vivo.

                Por dos milenios los cristianos hemos celebrado de la mano de la Pascua la fiesta del Espíritu Santo, porque hemos hecho experiencia de que encontrados con los valores de Jesús compartimos un mismo espíritu más allá del lugar y el momento histórico que vivamos. Si lo vivimos, lo sabemos y lo creemos nos entregamos a la causa de vivir más en la verdad, la justicia, la creatividad, el amor, la libertad.... aunque solo sea lo humanamente posible, nada espectacular, sí algo muy humilde pero impresionantemente trascendente.


               Si de verdad creyéramos sería un gusto decirnos cada día: ¡Feliz Pascua! ¡Estoy alegre porque cuando Dios Reina es su amor el que, pese a todo, tiene la última palabra y eso sostiene nuestra fe, nuestro amor, nuestra esperanza, nuestro compromiso! ¡Somos hermanos y nuestra fraternidad engendra condiciones de vida humana digna! ¡Aleluya!

Publicado en el periódico Pax, en la columna Apuntes en el camino, el 7 de abril de 2015. Última actualización el 08 de abril de 2020

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