Durante años muchos viajeros han llevado consigo libretas para apuntar sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades...Va aquí una de ellas para consignar los apuntes al vuelo en este viajar por la vida y la educación,esos que consignan lo que da sentido a la hermosa aventura de ser humanos.

jueves, 14 de mayo de 2015

La participación política no es un accesorio

José Rafael de Regil Vélez, publicado en Pax, el 6 de mayo de 2015

En estos días los promocionales del Instituto Nacional Electoral nos invitan a votar, a hacer uso de un derecho hacia el cual estamos obligados. Entre mis contemporáneos y los más jóvenes parece haber una sensación, si no es que una idea, compartida: eso de participar políticamente es accesorio, se puede o no hacer y todo lo que suceda por lo uno o por lo otro no tiene que ver realmente como lo que somos; esto es: yo no soy ni más Rafael ni menos Rafael si participo o no políticamente, de todos modos la realidad sigue su curso conmigo o sin mí.
                ¿Es realmente la participación política algo externo a cada uno de nosotros, un accesorio? Hay que observar las cosas un poco más de cerca para responder la pregunta. Hagámoslo yendo al origen.
                Al nacer toda persona es básicamente nadie, es un conjunto de sensaciones, de necesidades, pero no ha realmente conocido el mundo entendiendo sus relaciones, tampoco ha construido una identidad que le permita saberse único e irrepetible; tampoco ha realizado las elecciones libres que definen su historia ni tiene conciencia de su contexto histórico, social, político, económico. Un bebé es un conjunto de posibilidades de ser humano y tiene en la vida el llamado a irlo siendo.
                ¿Cómo es que un neonato comienza a pasar de ser nadie a ser alguien? Nuestra mirada atenta descubrirá que lo que sucede en primer lugar es que alguien –otro- de alguna u otra forma se compromete con el pequeño. Eso significa muchísimas cosas: cobijo, alimento, sensaciones táctiles, gustativas, auditivas, visuales, olfativas que comienzan a pro-vocarlo, a con-vocarlo para empezar un proceso que durará muchos años a partir del cual podrá compartirse en un ser humano autónomo.
                Las palabras que reciba le permitirán nombrar el mundo y moverse en él con mayor o menor acierto (nadie nace dándose palabras a sí mismo) y la técnica que le sea enseñada le ahorrará siglos de evolución y le permitirá el desarrollo de las habilidades que devendrán en la transformación de sí mismo y de su mundo con las demás personas con las que coexiste.
                Es la presencia del otro la que nos permite ser humanos. Y a esa presencia interactuante se le llama la solidaridad. En un magnífico ensayo David Calderón señala la importancia de esta forma de ser –la solidaria-: no porque somos, sino para que seamos humanos. En efecto: porque alguien se compromete con nosotros vamos emergiendo como la persona que podemos ser; y cuando somos nosotros quienes nos comprometemos con alguien de manera individual o social sucede que ellos van siendo personas, pero nosotros también, en especial si ese compromiso nos pide que saquemos lo mejor de nosotros mismos para que los otros puedan hacerlo; como cuando tenemos un enfermo crónico en casa y al paso de los años al atenderlo nosotros crecemos en paciencia, tolerancia, habilidad de enfermería, etc.
                La solidaridad es el disparador de la humanización y su acicate durante toda la vida.
                Hay circunstancias en las que la solidaridad tiene que ser organizada. Resolver problemas comunes implica negociar diferentes intereses sobre una misma situación. Los involucrados debemos poner en común nuestro poder para poder avanzar en cuestiones comunes y a esto es a lo que se denomina política: la voluntad de poner poder, persuasión, inteligencia, capacidad humana en torno a un bien común, en torno a lo que encontremos mejor para todos.
                La participación política es esencial para que seamos humanos, lo que se puede decir de otra forma: sin participar políticamente nadie puede llegar a ser del todo la persona que está llamada a ser, porque vivirá en la heteronomía, la dependencia, el aislamiento, el egoísmo y más cosas que por dejadez impiden que uno entienda más, atienda más, decida más, resuelva los desafíos del mundo para que el aquí y ahora –con sus significados- sea más humano, más justo, menos incluyente.
                Vivimos en un país de pobres. Más de 50 millones lo son y otros muchos millones estamos muy cerca de ello. Que tengamos algunas condiciones de bienestar que nos permitan crecer en salud, educación, seguridad, vivienda digna, intimidad, capacidad de asociación requiere que participemos desde muchos flancos y en la medida de nuestras posibilidades. Necesitamos concurrir con voluntad, inteligencia, imaginación para encontrar opciones que cada día nos lancen a una vida más plena en todos los sentidos viables.

                No está de más decir que esto trasciende la elección de presidentes municipales, diputados locales o federales y gobernadores, va al núcleo de las relaciones humanas mismas: si no participamos políticamente no podremos ser personas; interactuar por el bien común con los demás nunca será un mero accesorio. 

martes, 7 de abril de 2015

¿Y qué pasa si de verdad nos la creemos? Apuntes de Pascua

José Rafael de Regil Vélez
Publicado en el periódico Pax, en la columna Apuntes en el camino, el 7 de abril de 2015


Crecí en una ambiente en el cual lo religioso tiende a ser algo externo a la persona: un conjunto de normas que alguien dice que hay que seguir; una serie de interminables discursos que alguien dice que contienen las verdades que se nos ordena que hay que creer y una serie de ritos de los que somos espectadores, aunque tengamos algunas intervenciones como repetir fórmulas que alguien dijo que debemos de recitar en el momento que nos ha sido señalado como oportuno.
                Este tipo de experiencia la religión se parece mucho a una pantalla de televisión: la enciendes, la ves, interactúas con ella solo decidiendo si pones el canal o no y por lo demás se es tan solo un espectador. Por eso se entiende lo que señalan encuestas de sociología religiosa, como la de la investigación que hace unas décadas hicieron Enrique Luengo y Carlos Muñoz sobre la religión y los jóvenes en México: que la vida diaria en el trabajo, con los amigos, con la familia, nada tiene que ver con el dogma al que se supone que uno está suscrito, ni con la moral dictada por jerarcas religiosos ni los rituales obligatorios en la confesionalidad a la que uno pertenece.
                Creo que el problema es que no hay experiencia personal que invierta la relación con la religión: cuando uno ha sabido profundamente en su vida del amor de Dios, de la misericordia, del perdón, la acogida, la compasión, el consuelo, entonces uno es quien se mueve para entender mejor explicaciones y preceptos; al tiempo que sucede que los ritos dejan de ser solo eso para convertirse en verdaderos símbolos –sacramentos o sacramentales- que reflejan la vida en el Espíritu en la que uno ha quedado metido por puro amor.
                Así se entiende que creer no sea algo externo, accesorio, casi decorativo, sino interior, fundamental, que marca la manera en que se está ante uno mismo, ante los demás, ante el mundo, la historia (todos los acontecimientos en los que tiene que ver la libertad humana), ante lo religioso. Acontece que uno se la cree, que uno cree y todo cambia.
                Ayer, domingo 5 de abril de 2015, millones de personas celebramos la Pascua. En su biografía de Facebook Enrique Rosano, un compañero de trabajo, escribió:
Qué pasaría si entendieramos el misterio de la resurrección, si creyeramos que la muerte no tiene la última palabra... de cuántos miedos nos despojariamos, miedos de los que posiblemente ni conscientes estamos. Llevamos más de 2000 años "celebrando" la Pascua pero no hemos dado ese paso al amor, a la vida”.
                Y puso la flecha en el blanco de la diana: ¿Qué pasaría si nos la creyéramos? ¿Qué sucedería si desde lo más profundo de nosotros mismos, desde nuestras entrañas, supiéramos que la entrega de Jesús para que Dios reine entre los hombres fue tan agradable a su Padre que lo arrebató de la muerte y a nosotros con él; y así legítimó toda apuesta fraterna por la verdad, el amor, la justicia, la compasión, la misericordia, la mentira, la solidaridad? ¿Qué pasaría si no dudáramos ante la injusticia, la exclusión, el egoísmo, la mentira, el asesinato, el individualismo, porque desde lo más profundo de nosotros existiera la certeza de que el camino de Jesús, que es el nuestro, vale tanto la pena que Dios hará que siempre triunfe lo que vivifica frente a lo que mata?
                Yo creo que no cambiarían aparatosamente las cosas que vemos a nuestro alrededor, que seguiría habiendo crimen, pobreza, escasez. Lo que sí sería diferente es que una y otra vez acometeríamos la tarea de hacer del nuestro un mundo más como Dios quiere, sabiendo que somos obreros del campo y que su dueño se encargará de que haya frutos, tan humildes como un grano de mostaza, pero tan grandes como la gloria de Dios que es el hombre vivo.

                Si de verdad creyéramos sería un gusto decirnos cada día: ¡Feliz Pascua! ¡Estoy alegre porque cuando Dios Reina es su amor el que, pese a todo, tiene la última palabra y eso sostiene nuestra fe, nuestro amor, nuestra esperanza, nuestro compromiso! ¡Aleluya!

LOS JÓVENES NO SON EL FUTURO

José Rafael de Regil Vélez
Publicado en mi columna Apuntes en el Camino, del periódico Pax, el 27 de marzo de 2015

Alguna vez fui joven. En ese entonces mis predecesores nos decían a mis coetáneos y a mí que le echáramos muchas ganas, que nos formáramos muy bien, porque los jóvenes éramos el futuro de nuestra familia, de nuestra comunidad religiosa, de nuestro país. Y me sonaba muy sensato: hacernos de las herramientas intelectuales, emocionales, volitivas para acometer los desafíos que nos presentara la vida a cada momento porvenir.
                    De aquel entonces a la fecha ha pasado mucho tiempo. Hasta hoy me he dedicado a educar en diversos frentes: formal, no formal, popular. Y he aprendido algo en ese itinerario y el mío propio como persona: los jóvenes no son el futuro, son el presente.
                     Según datos del INEGI en 2010 solo el 51.2% de los jóvenes de 16 a 19 años van a las escuela, lo que significa que el 48.8% ya no estudian. El 28.75% de todos ellos son económicamente activos. El Panorama de la educación 2013 que elaboró la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) señala que hace un par de años tan solo nuestro país tenía un 24.7 % de jóvenes que ni estudiaban, ni trabajaban; eran ninis, que el Instituto Mexicano de la Juventud (Imjuve) cifró en 6.2 millones en 2014.
                    Los jóvenes trabajadores ya son importantes en su familia, en la economía: colaboran en la manutención de su casa, generan recursos que mueven el mercado, asumen responsabilidades en su trabajo y muchos de ellos en sus localidades. Quienes estudian ya hoy producen (o no) conocimiento, interactúan (o no) con los problemas de sus comunidades a través de la acción social de sus bachilleratos y lo harán si llegan a la Universidad. Los que hacen nada son un costo considerable para sus familias y la sociedad en general y al ser totalmente desocupados constituyen un núcleo poblacional que puede llegar a ser problemático en lo que a conductas de riesgo se refiere.
Nada de eso va a suceder en el futuro. Acontece ya. Lo que la juventud hace o deja de hacer repercute en todos los demás grupos de edad.
                     Pensar que los jóvenes son el futuro conduce frecuentemente a pensar en ellos no en el hoy sino en el mañana, lo cual les quita muchas, muchas oportunidades de ser responsables de sí, de los demás, del mundo que les ha tocado. Desde otra perspectiva, considerarlos el presente de nuestra casa, nuestra comunidad y país nos lleva necesariamente a interactuar con ellos como personas capaces de hacerse cargo desde ya de diversas realidades: de la formación que deben tener tanto en casa como fuera de ella (escuela, centros de capacitación, incluso los lugares en los que trabajan); de responsabilidades para que la dinámica familiar sea más fluida, ordenada, higiénica; de acciones que contribuyan con el bienestar vecinal: deporte, arte, recreación, limpieza.
                     Si a un joven se le trata como niño, responderá como tal (también los adultos, digamos de paso); si se le trata como miembro capaz de responsabilidades personales, familiares, sociales, políticas y económicas, seguramente aportará desde hoy a que haya condiciones más humanas para sí y con quienes comparte su alrededor.
                     Contribuir a que los jóvenes dejen de ser el futuro es buena apuesta: sumémoslos a que sean el presente.

lunes, 16 de marzo de 2015

Vayan hasta las ''periferias de las escuelas'' como testigos de vida y esperanza

A los maestros italianos: Id hasta las ''periferias de las escuelas'' como testigos de vida y esperanza

Ciudad del Vaticano, 14 marzo 2015 (VIS).- ''La enseñanza, es una hermosa tarea porque permite ver cómo crecen día tras día las personas confiadas a nuestro cuidado. Es cómo ser padres, al menos espiritualmente. ¡Es una gran responsabilidad!'' Así se ha dirigido el Papa esta mañana a los miembros de la Unión Católica Italiana de profesores (UCIIM) a los que ha recibido en audiencia en el Aula Pablo VI. ''La enseñanza -ha añadido- es un compromiso serio que sólo una personalidad madura y equilibrada puede realizar. Un compromiso de este tipo puede atemorizar, pero hay que recordar que ningún maestro está solo: comparte su trabajo siempre con el resto de los colegas y con toda la comunidad educativa a la que pertenece''.

''Como Jesús nos enseñó, toda la Ley y los Profetas se resumen en dos mandamientos: Amarás al Señor tu Dios y amarás al prójimo. Podemos preguntarnos: ¿Quién es el prójimo para un maestro? ¡El prójimo son sus alumnos! Con ellos pasa sus días. Son ellos los que de él esperan orientación, una dirección, una respuesta - y, antes de esto, ¡buenas preguntas! -ha continuado-. Entre las tareas de la UCIIM no puede faltar la de iluminar y motivar una justa idea de escuela, a veces eclipsada por las discusiones y posiciones reductivas. La escuela esta hecha ciertamente de una educación válida y cualificada, pero también de relaciones humanas, que para nosotros son las relaciones de acogida, de benevolencia, que se ofrece a todos indistintamente. De hecho, el deber de un buen maestro, mucho más el de un maestro cristiano, es amar con mayor intensidad a los estudiantes más difíciles, más débiles, más desfavorecidos''.

Francisco ha mencionado que si hoy en día una asociación profesional de maestros cristianos quiere dar testimonio de su inspiración, está llamada a comprometerse con las periferias de la escuela, ''que no se pueden abandonar a la exclusión, la ignorancia, y la mala vida'', y les ha alentado a seguir el ejemplo de las muchas figuras de grandes maestros que existen en la comunidad cristiana para animar desde el interior una escuela que, independientemente de su administración estatal o no, necesita educadores creíbles y testigos de una humanidad madura y completa. ''La enseñanza -ha finalizado- no es sólo un trabajo: es una relación en la que cada maestro debe sentirse plenamente involucrado como persona, para dar sentido a la tarea de la educación de sus estudiantes... Os animo a renovar vuestra pasión por el ser humano en su proceso de formación y a ser testigos de vida y esperanza''.

Asociación ''Sígueme'': Inv

viernes, 13 de marzo de 2015

Invitación a la meta... ¿qué?

José Rafael de Regil Vélez
Este texto lo publiqué en mi columna Apuntes en el camino, del periódico Pax, el 11 de marzo de 2015

 


Cuando era pequeño mi mamá me decía que en los días anteriores a las vacaciones de semana santa eran especiales. En su estilo sencillo me ayudó a acostumbrarme a hacer una “evaluación” de mi vida: ver cómo me comportaba con ella, mi papá y hermanos; con mis compañeros de escuela, amigos y familiares. De su mano revisaba mis responsabilidades y las cosas que deberían ser importantes para que yo fuera un mejor muchacho. Tal vez ella no lo sabía, pero con eso me invitaba a la metanoia.
               Meta… ¿qué? Metanoia. Esta es una palabra griega que nos suena lejana en español, pero que tenerla presente nos pueda dar mucha luz sobre la vida que tenemos y la que queremos tener para ser más humanos; sobre la forma como nos relacionamos con nosotros mismos, con las personas y con el mundo que nos tocó vivir y la forma en la que queremos establecer nuestras relaciones para ser más justos, fraternos, solidarios, incluyentes.
              Meta quiere decir más allá y Nous significa mente. Meta-Nous, metanoia significa ir más allá en la mente. Esta no debe ser entendida como capacidad de inteligir, de razonar o pensar. Nous significa aquello que en el hombre nos hace valorar lo que necesitamos para ser personas, de desear lo que nos realiza, de juzgar la realidad para vivir en ella. Marca la orientación total de nuestra vida.
Así, vivir la experiencia de la Metanoia es revisar nuestros valores, nuestros pensamientos y deseos y orientarlos de otra manera. Sucede que muchas veces nuestra manera de vivir y relacionarnos está orientada a las cosas, se finca en el egoísmo, en las cosas inmediatas. Excluye a los demás para favorecernos a nosotros mismos. Si bien nuestro yo se afianza, el resto del mundo se debilita, porque con ello crecen la injusticia, la mentira, la insatisfacción, aumenta la brecha entre los muy pocos ricos y el cada vez mayor número de pobres.
               Hoy tengo cuarenta años más y entiendo que la invitación de mi mamá es muy valiosa, porque en los días previos a las vacaciones de semana santa puedo mirar mi Nous e ir más allá de él. Así puedo unirme a muchísimas personas que en el mundo creen que en la muerte y resurrección de Jesús, el Cristo, queda refrendado que vale la pena apostar por una vida humana en fraternidad, justicia y felicidad.
              De esta manera, cuando después de esos días me reintegre a mis labores, continúe mis relaciones con los demás y mi mundo, podré orientar todo lo que soy, lo que sé y tengo para poner mi semilla de mostaza, que según mi fe se convertirá en un frondoso árbol que dará cobijo a quienes también quieran un mundo “más como Dios quiere”.