Caminar, vivir, compartir...

Durante años muchos viajeros han llevado consigo libretas para apuntar sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades...Va aquí una de ellas para consignar los apuntes al vuelo en este viajar por la vida y la educación.

Al andar se va haciendo el camino y uno lo siente y lo piensa y lo quiere compartir...

Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir sus Notas en el camino.

viernes, 15 de septiembre de 2017

¿Y si las respuestas matan a las preguntas?

Autor: José Rafael de Regil Vélez
Publicado en Síntesis Tlaxcala, en la columna Palabras que humanizan, el 27 de enero de 2015

Hace algunos años leí con una de mis hijas un libro del Jostein Gaarder, el filósofo noruego muy conocido en nuestra tierra por su novela El mundo de Sofía. El texto en cuestión se llama Hola, ¿quién anda ahí?

A través de un cuento que narra la historia entre dos niños –Mica y Joaquín, extraterrestre el primero y terrícola el segundo- Gaarder lleva de la mano a los lectores a los temas fundamentales de las preguntas filosóficas que todos los humanos nos hacemos a lo largo de la vida.

Siempre he recordado un episodio en el que Joaquín hace una pregunta muy importante a Mica y este, antes de responder, hace una reverencia profunda a aquel, quien se siente sorprendido y cuestiona la muestra de respeto. El extraterrestre le dice que en su planeta una pregunta muy inteligente merece todo el respeto de quien la pronuncia y quien la escucha.

Al paso de la charla Joaquín pregunta y Mica da una respuesta muy inteligente. El primero hace una reverencia como la que le había sido hecha y el segundo se ofende. Extrañado el anfitrión pregunta sobre la razón de esa molestia y el visitante señala que porque nunca deben ser reverenciadas las respuestas. Totalmente fuera de balance Joaquín inquiere nuevamente que por qué y la respuesta que recibe pone todo en otra perspectiva: porque cuando se le da más importancia de la necesaria a las respuestas invariablemente estas matan a las preguntas.

A vuelo de pájaro la conversación parece una simple anécdota, algo simpático de la conversación de alguien. Sin embargo a lo largo de los años y muy al calor de la docencia universitaria en la que participo he caído en cuenta de que encierra una gran verdad. ¿Qué pasa cuando las respuestas matan a las preguntas? Que vivimos de obviedades, de cosas que parecen claras pero que si se las examina con mayor detenimiento NO SON como parecen y si tomáramos esto en cuenta seguramente podríamos decidir lo que vamos a hacer con mayor libertad. Cuando nos estacionamos en las respuestas es muy posible que vivamos en el reino de las apariencias y las cosas no son siempre como aparecen.

Un ejemplo: es una respuesta socialmente aceptada que las escuelas particulares son mejores que las públicas. Como muestra: muchos de mis alumnos profesores en escuelas federales o estatales hacen un gran esfuerzo para mantener a sus hijos en instituciones privadas. Yo creo que con honestidad consideran que eso será lo mejor para sus vástagos.

Cuando uno mira las mediciones estandarizadas y los resultados que en ella obtienen los alumnos podrá ver con claridad que muchas, realmente muchas, de las primeras obtienen resultados como las de las segundas. Y es que en nuestro país abundan escuelas “patito” -públicas y privadas-, que son las que resuelven su servicio de manera extremadamente doméstica, muy poco profesional, sin personal cualificado, con muy bajas colegiaturas y salarios ínfimos. Muchas personas gastan una parte considerable de sus ingresos familiares en pagar colegiaturas como si eso fuera a garantizar buena educación para sus hijos, pero no es así. Dieron por verdadero lo que todos dicen y con eso no le atinaron a lo que realmente buscaban.

Necesitaban más información para decidir en qué institución escolar inscribirían a sus hijos: resultados estandarizados, perfiles de los docentes, nivel de deserción, rotación laboral. Obtenerla supondría echarse un clavado en la realidad para profundizar en medio de las apariencias.

Vivimos como obvias infinidad de cosas. Damos por sentado que sabemos lo que son el matrimonio, la fidelidad, el papel de los ciudadanos en la sociedad, la función de la política en nuestras vidas, el sentido que tiene consumir, gastar el dinero en las cosas que nos hacen lucir, para qué estudiar una licenciatura, el papel de la familia unida aunque denigre a sus miembros…

Nos han hecho muchas afirmaciones sobre las cosas que vivimos y la forma en que hemos de convivir con las personas, y en algún momento y de primer vistazo nos pareció que así era; pero al paso del tiempo quedamos atrapados en nosotros mismos. Sentimos que el status quo nos asfixia, que deberíamos poder vivir de otra manera, y nos ponemos otra vez a buscar las respuestas que otros dan sin advertir que lo importante es que nos hagamos las preguntas de fondo: ¿qué son las cosas? ¿Qué significan? ¿Qué sentido tienen para nuestra vida? ¿De qué manera deberían funcionar para que seamos más humanos, más justos y fraternos?



¿Y si las respuestas matan las preguntas? Lo único que sucede es que quedamos hipotecados a vivir como Sísifo, el rey de Éfira –mejor conocida como Corinto- que fue castigado por los dioses a subir una y otra y otra vez una piedra a lo alto de la montaña para que rodara cuesta abajo y tuviera que volver a empujarla en una historia sin fin de repeticiones. La única forma de no repetir insensatamente la historia es hacerle continuamente las mejores preguntas, así atisbaremos lo que son, lo que pueden ser y la manera en la que contribuirán a nuestra realización con, por y para los demás en la acción de crear un mundo más justo, fraterno, solidario, crítico, creativo e incluyente.

Imagen tomada de https://fibromialgiamelilla.wordpress.com/2013/02/12/fibromialgia-preguntas-mas-frecuentes-v/pregunta-0/ 
Artículo actualizado el 15 de septiembre de 2017. 

La desgracia del tiempo plano... resignificar la vida resignificando los días

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Publicado en Síntesis Tlaxcala, 3 de mayo de 2012

Hoy vivimos en un mundo que nos abre amplias posibilidades. Contamos con explicaciones que nos permiten relacionarnos de diferentes maneras con las cosas: la ciencia ha avanzado desde todas sus disciplinas; la filosofía acomete preguntas sobre el significado de los múltiples problemas que nos planteamos sobre la existencia del mundo y de todas las cosas; la tecnología genera aplicaciones que han llevado la medicina, las comunicaciones y cualquier área de la vida humana a niveles insospechados. Podemos pasar la vida sin más entre tantas explicaciones y aplicaciones que utilizamos para relacionarnos con nuestro día a día, que es cada vez más complejo y vertiginoso.
     En un extremo de la cotidianidad nos encontramos con las mujeres y los hombres que crean nichos en los cuales vivan la existencia envueltos en un dinamismo impresionante. Trabajan todo el día, muchos días al año; enfrentan los embates de la comunicación, de las redes sociales, de la productividad; son seres generalmente hipertecnologizados. Cuando no están envueltos en la vorágines de su existencia, descansan atendiendo a asuntos que dejan pendientes al transcurrir de los meses y buscan aquello que los saque de la rutina en la que se ven envueltos: viajes, películas, videojuegos. Muchas veces quedan masificados en la dinámica económica y social contemporánea. El tiempo se les vuelve plano de tan rápido que viven.
     En otro extremo, están quienes por alguna razón no tienen una vida tan intensa y se refugian –cuando no se evaden- en los medios de comunicación, la vida social, la cotidianidad plana, no por exceso sino por defecto de vitalidad.
      De una u otra forma nuestra forma de vida corre el riesgo de volverse “alienante”; es decir, que nos vacía de nosotros mismos, de nuestra identidad. Sutilmente podemos irnos “vaciando de quienes somos”, perder nuestra identidad, dejar de tener claro el sentido de lo que somos y hacemos, porque estamos totalmente volcados a la exterioridad, al transcurrir muchas veces sin sentido de las cosas.
      Pese a ello, los seres humanos podemos estar atentos para que en este mundo que nos ha tocado vivir podamos conciliarnos mejor con nosotros mismos y con los demás. 
     Para ello contamos entre otros con un mecanismo que nos lleva a “recrearnos”, a recuperar lo profundo de nuestro ser y existir: el de crear en el tiempo momentos especiales para volver nuestros pasos sobre lo que vivimos y allí escudriñar lo que nos humaniza o no.
     Esto lo hacemos mediante las efemérides, que son días dedicados a recordar cosas importantes que nos permiten recordar quiénes somos, de dónde venimos, a donde vamos. Así funcionan, por ejemplo, los cumpleaños, los aniversarios, las celebraciones de oro, plata, los jubileos, los días dedicados a una conmemoración en especial.
      Lo relevante de tomar días y hacerlos distintos a otros es darnos oportunidad de romper la rutina, la planicie de lo diario y entrar en los relieves de las cosas que resultan coordenadas importantes para resignificar nuestra identidad, para zambullirnos en nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás, con el mundo en el que vivimos y, ¿por qué no?, con lo que consideramos trascendente como Dios.
      Una vida plana transcurre sin más; no se pregunta sobre por qué consumir, para qué trabajar, por qué mantener o no un matrimonio y si lo llega a hacer se instala en respuestas fáciles, cómodas, superficiales. 
     Celebrar a la madre, al maestro, las fiestas religiosas pueden ser no sólo ruido, también profundidad si hurgamos en la memoria y el corazón y recuperamos la razón de ser que dio origen a esas celebraciones; si nos damos a la tarea de darles también sentido en un mundo que puede hoy ser diferente, pero que tiene las mismas dimensiones humanas que han creado la historia.
     Una vida con subidas y bajadas implica un movimiento permanente de centrarse en uno mismo, descentrarse para una interacción más humana, de sobrecentrarse para encontrar el sentido de todo, especialmente cuando parece no tenerlo.
     Vivir los días “especiales” es oportunidad para evitar la “desgracia del tiempo plano” en el que las jornadas diarias, las semanas, los meses transcurren y quienes los viven se van vaciando de lo que los humaniza, de forma imperceptible pero real.
     Somos seres históricos, por ello celebrar la vida en las efemérides puede ser la oportunidad de mirarnos como seres en relación con otros, situados en un país, una región, el mundo y encontrar a través del recuerdo lo que nos hace ser quienes somos y en ese acto abrirnos a quererlo seguir siendo o a la posibilidad para transformarlo en nuevas oportunidades humanizantes, nacidas en lo profundo del pasado y en el desafío del presente acicateado por el futuro lleno de posibilidades para la vida digna en todos los niveles, tiempos y espacios.

Texto actualizado el 15 de septiembre de 2017.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Eficiencia sin eficacia: un drama educativo

Autor: José Rafael de Regil Vélez
Publicado en Síntesis Tlaxcala, el 3 de septiembre de 2014, en la columna Palabras que humanizan.

En los muchos años que tengo como educador he escuchado una y otra vez a los colegas preguntar: ¿cómo se hace? Ante cualquier cosa de la educación, nueva y vieja, la pregunta es por el hacer. A los maestros y las maestras les gusta que lo que hacen salga bien y se ponen nerviosos cuando no lo logran.
          A fuerza de repetición se han vuelto expertos en llenar formatos: planeaciones, estadísticas, avances programáticos; en tener niños bien uniformados, en hacer espléndidos festivales del día de las madres Y en muchas cosas bien hechecitas más. Muchos, de verdad muchos, son trabajadores eficientes. Entregan en tiempo y forma lo que se les pide y les gusta que sus grupos realicen las labores que les encomiendan de igual manera.
          La eficiencia –hacer las cosas bien- es algo que llama la atención, que seduce, que luce, que permite que se vea el desempeño, pero no siempre va acompañado de eficacia.
         Es eficaz quien hace las cosas adecuadas, tiene claro el punto de llegada y delinea la ruta adecuada para llegar eficientemente (con las cosas bien hechas) hasta la meta.
          En las escuelas hay carencia de eficacia, a pesar de que hay grandísimos esfuerzos por la eficiencia. Es común que una de las grandes preocupaciones docentes, por ejemplo, sea terminar el temario que entregó la SEP o la dirección, aun cuando no haya gran aprendizaje. Los programas de estudios están atiborrados de contenidos y actividades aun cuando la psicología humana procede mucho mejor cuando se abordan pocas cosas, pero bien masticadas y mejor digeridas. Eficientemente se cubre el programa, pero ineficazmente se posterga el aprendizaje.
      Doy un ejemplo para expresarme mejor: un profesor de tercer semestre de Preparatoria se queja amargamente de que sus alumnos llegan sin saber lo básico de las matemáticas: aritmética y álgebra. Esto que pasa es dramático, pues un estudiante en ese nivel educativo ha transitado por al menos DIEZ años en los que le han enseñado matemáticas, en los que sus profesores han terminado los programas, incluso agotado los libros de texto. Su eficiente labor fue ineficaz al no asegurar que un conjunto de chicas y chicos sea capaz de entender la realidad a partir de su cuantificación. Nuestros resultados en las pruebas de la OCDE dan clara muestra de lo que hablo.
         Las escuelas –muchas de ellas- carecen de planes reales, con evidencias de evaluación y metodologías específicas para formar ciudadanos. Alguien puede llegar a la mayoría de edad, habiendo transcurrido trece años de escolaridad, sin haber participado en la elaboración de normas, reglamentos, en su revisión, en su comprensión cabal. Es un ciudadano incapaz de entender por qué la democracia requiere un estado de derecho. Tampoco habrá aprendido realmente a laborar en equipo, porque no hay en las escuelas una metodología concreta que forme en el trabajo colaborativo, que es base de la organización vecinal, de la organización en un municipio, de la capacidad de actuar juntos para supervisar la labor de los funcionarios públicos que llegan a los puestos porque los pone alguien a quienes nosotros elegimos para gobernar.
         Aun más: un joven al concluir al bachillerato difícilmente habrá podido participar teniendo responsabilidades concretas, evaluables en su propia formación, en la marcha de su escuela, en la búsqueda del bien común. Todo se le da hecho, no se les permite tomar decisiones y mucho menos expresar sus juicios críticos, pues a las autoridades les molesta la gente creativa, crítica, que son justo quienes la sociedad requiere para salvar las grandes injusticias, para unirse en torno a soluciones específicas para problemas como la trata de personas, la migración en vulnerabilidad, la violencia intrafamiliar o la carencia de condiciones de seguridad social para la mayor parte de los ciudadanos
Hay poco trabajo en la educación de las emociones, en construir una cultura de evaluación que permita dialogar sobre el logro de los propósitos de un curso, de un programa escolar o incluso de una etapa fomativa completa.
La forma en la que operan los actores del Sistema Educativo Nacional sigue anclada en moralismos, en la disciplina que subyuga (aun cuando los estudiantes se salen de control porque se les sigue tratando como niños cuando deberían ser ya jóvenes encargados de sí mismos), en los cuadros de honor que canonizan a los niños que sacan dieces, muy posiblemente por ser individualistas, sobre estimados en sus casas y capaces para hacer lo que sus profesores les piden, pero muy posiblemente incapaces de arriesgar por sí mismos, como bien señalan los gerentes de recursos humanos que desconfían de las personas de muy buenas calificaciones y gran incompetencia para trabajar autónoma y colaborativamente.
Lo que se entiende por educación es reductivo y no parte de la posibilidad de la total realización de la persona comprometida con el mundo del cual es parte. No se educa poniendo en un más claro lugar los diversos elementos que confluyen en la acción escolar que no en el que se le ha venido dando y cuyos resultados preocupan. Un ejemplo más: la investigación que dio paso a la propuesta de lectura crítica de Yolanda Argudín (Aprender a pensar leyendo bien) daba cuenta de que el 80% de los egresados de licenciatura no entienden lo que leen, pues reconocen grafías, pero son incapaces de contextualizar, de relacionar, de integrar lo leído con el resto de su formación.
La eficacia educativa no está siendo posible porque los docentes y los administrativos están muy eficientemente comprometidos en las cosas accesorias de la educación y no logran siquiera entender una teleología integral, holística de la educación, que sería la que debería orientar sus métodos, técnicas y esfuerzos cotidianos más eficazmente.
Los maestros eficientes e ineficaces navegan muy duro, para ir a ningún puerto. Y su propia formación y la sociedad no son capaz de ayudarles a establecer el rumbo adecuado, que es la posibilidad de ser personas cabales, adaptadas al mundo que les tocó vivir y capaces de transformarlo para que la humanidad digna y justa sea cada vez un poco más posible.
Los maestros eficaces reflexionan sobre qué es la educación, en el fondo por qué educar y para qué educar -más allá de toda apariencia, de lo que dicen los demás y lo que siempre se ha dicho-. Una y otra vez se preguntan qué sentido tiene educar y filosofan sobre aquello que mueve su vida profundamente. Y con la brújula de este tipo de pensamiento se lanzan a los cómos, reproduciendo los sensatos, dejando de lado los insensantos e inventando los que hacen falta. 

Este artículo fue publicado ha sido actualizado el 08 de septiembre de 2017